Publicado el 21 de Abril de 2009 en Enseñanzas de Nuestro Rabbí

En este instante nos transformamos en Oración


El servicio religioso me recuerda que nunca puedo estar desligado de Dios. Que Su Infinito Poder Es en mi a cada momento y que Su Eterna Presencia  se revela en el milagro de este día.

En la quietud de esta hora en la que no hay día ni noche…

Todavía resuena en mi ser el Karev Iom, se acerca el día, Asher Hu Lo Iom Ve Lo Laila, en el que no hay ni día ni noche.

Elevo mi voz en plegaria y alabanza al Creador que me dice que es para cada uno de nosotros este momento de santidad.

Todavía siento en la planta de mis pies el calor de la arena del desierto. Aún resuenan en mis oídos las músicas de soledad y el silencio de su impenetrable vacío. Siento la presencia de mis compañeros de camino, de mis hermanos en la travesía para llegar hasta este momento sagrado de la existencia.

El día ha llegado y entonces se renuevan las miradas, los proyectos, los cantares contando que siempre estamos en el Eterno ciclo de la Vida “pasando”.

Porque siempre estamos en un continuo Pesaj – Pasaje hacia la nueva dimensión de cada segundo en el que salimos de la opresión de nuestras costumbres hacia la libertad del nuevo desierto.

Solamente reconozco que hay día y noche cuando no puedo ver la Unidad, pero también percibo que hay día y hay noche para poder ser en Unidad.

Suena paradójico, raro. Parece un juego de palabras sin significado.

Pero la paradoja, lo extraño, lo distinto, lo indefinible, son las energías que me permiten vivir en el hermoso e inquietante baile sobre el filo de la navaja que a ambos lados solo tiene el abismo.

Esta enseñanza jasídica  me dice que nunca puedo parar de bailar, que siempre me muevo, aún en la quietud, en el silencio, siempre estoy en la música y siempre me muevo hacia la Eternidad. Nunca puedo detenerme…

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