Somos seres de luz – Ricardo Sueiro
Entendemos que somos seres de luz, que dentro nuestro anida una chispa de luz divina.Que somos la expresión del Amor de Dios, y que como depositarios de esa luz somos responsables de lo que hacemos con y por ella.
Caminamos por la vida, muchas veces, sin ver hacia donde vamos, somos como sombras. Sin saberlo hemos sufrido el ataque de alguien, y prácticamente nos ha abatido. Es el ataque más feroz y destructor que puede sufrir el hombre. Y quién me lo ha hecho? La respuesta aunque suene extraña es: mi YO.
Sí, mi YO, mi ego; el que frente a una situación que no es como queremos nos lleva a pensar, decir, sentir: … por qué? Por qué a mí? , YO que siempre…, etc., etc.
Es ahí, justo en ese punto que la espiral de nuestra vida se detiene, y comenzamos a deslizarnos, lenta, muy lentamente hacia abajo, hacia las sombras, alejándonos de la luz.
Nos vamos achicando sobre nosotros mismos, es como si el ombligo fuera un agujero negro, que nos absorbe, más y más, al punto de pasar a una dimensión de sombras. En esa dimensión vibracional todo es gris, todo es lamentación, sólo hay negatividad.
La luz escapa hacia lo alto, pero nuestro ojos no pueden levantarse del piso .Aparecen seres que se alimentan de nuestro dolor, y que nos aguijonean, para que nuestra luz se escape, y alimentarse de ello.
En esta tierra extraña, estamos exiliados, sin siquiera darnos cuenta nos pusimos los grillos y encadenamos nuestra alma.
Nuestros errores, nuestra arrogancia nos arrojaron a esta tierra de esclavitud donde nuestro Amado Padre parece estar ausente, pero que en realidad nos hemos exiliado nosotros de EL.
Nuestros ojos están ciegos de tanto andar entre sombras, nuestras gargantas y nuestros labios resecos, casi muertos, nuestra alma empequeñecida; es que hace tanto que no habita en nosotros su palabra de vida.
Lagrimas saladas inundan nuestros ojos, y ruedan por nuestro rostro hasta nuestros labios, aumentando nuestra sed de vida, de luz, de EL.
Pequeños Ángeles nos invitan a mirar hacia el cielo, después de lavar nuestros ojos con sus besos, ese cielo que en esos momentos nos resulta tan ausente.
Allí a nuestro lado está EL, esperando que nos sacudamos de encima ese pobre, miserable y reseco YO, para llegar a ese YO superior, a ese YO de luz, y fundirnos en amoroso abrazo con nuestro Padre Celestial.
Sólo se trata de mirar al cielo, alzar los brazos, aceptar y agradecer. Sólo así habré logrado el equilibrio, sin desviarme a izquierda o derecha, conectando la tierra y el cielo. Y es allí, justamente en ese lugar que se hace presente la escalera que vio Jacob, y ese lugar sagrado es nuestro corazón.
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