Publicado el 6 de Octubre de 2009 en Iluminemos el Mundo

La pequeña aldea de Safed – ofrendado por Ricardo Sueiro

La pequeña aldea de Safed, en las colinas de Galilea del Israel actual, fue un pozo de sabiduría durante la edad dorada de la Kabbalah, en el siglo XVI.

De todos los grandes filósofos, kabbalistas y eruditos que participaban en este renacimiento espiritual, fue el Kabbalista Isaac Luria quien se ganó el mayor respeto y reverencia de sus colegas. Llegó a ser conocido como el Arí, o el León Sagrado.

El Arí jugó un papel pequeño pero vital en una extraordinaria serie de incidentes que ocurrieron hace unos 400 años. Dos hombres, un panadero y un mendigo, vivían en la antigua ciudad de Jerusalén. En una tarde apacible, el panadero estaba sintiendo una inmensa apreciación por su buena fortuna en la vida. Recientemente había llegado de Italia con su esposa, y estaba lleno de ilusión por su nueva vida en Jerusalén. De repente, se sintió inspirado a mostrar su gratitud. Cargado con una barra de pan humeante, tierna y extralarga y una cesta de pasteles recién salidos del horno, se fue a visitar la casa de oración local. Cuando llegó, entró al santuario y humildemente se acercó al arca sagrada.

El panadero no era un hombre instruido ni especialmente religioso. Pero con genuina alegría e inocencia en su corazón, le pidió al Creador que aceptara sus ofrendas como agradecimiento por la buena fortuna y las bendiciones en su vida. Entonces abrió las puertas del arca y apiló los panes y pasteles en su interior. Le costó un poco de esfuerzo cerrar el Arca, pues la cesta de comida hacía peso contra las puertas, pero una vez que se cerraron, el panadero partió de inmediato.
Al cabo de un rato, un mendigo pasó por la casa de oración. Se sentía cansado y consternado, Había sido una semana muy difícil para él, pues nadie le había dado ningún donativo sustancioso. Con una esposa y un niño pequeño en su hogar, el mendigo andaba desesperado buscando ayuda, el tipo de ayuda que viene de arriba, ya que no estaba recibiendo ninguna en las calles.
Dentro de la casa de oración, el mendigo se acercó respetuosamente al arca y ofreció una oración al Creador. “No te pido mucho para mí”, dijo, “pero, por favor, ¿puedes enviarme unos mendrugos de pan para mi familia? Ellos están hambrientos, y utilizaremos este pan para hacer una bendición en tu nombre.”
Por algún motivo, el mendigo tenía la certeza absoluta de que su oración obtendría respuesta. Mientras tanto, el peso de la cesta empezó a ser demasiado, y la puerta cedió, dejando que el pan y los pasteles cayeran del arca. El pan estaba bien caliente, como si Dios lo hubiera sacado del horno hacía unos instantes. Había suficiente comida para alimentarse durante una semana.
El mendigo estaba conmocionado. ¡Dios había respondido a su oración tan rápido! Inmediatamente corrió hacia su casa para dar alimento a su familia. Pero mientras salía de la casa de oración, no advirtió que el panadero estaba regresando a ella. El panadero quería dejar algunas monedas en la cesta de caridad, y se había olvidado de hacerlo al dejar el pan.

Al salir de allí, el panadero echó un vistazo al arca para ver si su ofrenda había sido aceptada. Todavía esperando que la cesta estuviera allí, vio con asombro que había desaparecido. El panadero se sintió feliz de que el Creador hubiera aceptado un regalo de alguien tan humilde como él, y resolvió hornear una barra de pan todavía más grande y una cesta más sabrosa de pasteles para la semana siguiente.
La semana siguiente el panadero volvió. De nuevo colocó la cesta repleta dentro del arca, suplicando al Creador que aceptara su ofrenda. Un rato después de que el panadero partiera, el mendigo también volvió y rezó para que el Creador le otorgara más pan y su familia pudiera comer durante la semana. Luego, tras abrir el Arca, el mendigo recogió la nueva cesta y corrió hacia su casa. Al cabo de un rato, el panadero volvía a la casa de oración y bailaba de alegría al ver cómo su cesta había desaparecido misteriosamente una vez más.
Este extraordinario escenario se repitió cada semana durante 15 años, hasta que un día, el líder de la casa de oración se encontraba en el santuario cuando el panadero llegó con su ofrenda semanal. El hombre permaneció en silencio al fondo de la estancia y observó detenidamente.
Cuando el panadero partió, vio cómo el mendigo llegaba para rezar y recoger su cesta de pan. Pero cuando el panadero regresó para ver si Dios había aceptado su ofrecimiento, el líder no pudo soportarlo más. Confrontó al panadero y le pidió que se sentara. Luego corrió hacia la calle y llamó al mendigo.
“Necio”, le dijo al panadero, “¿no te das cuenta de lo que acaba de suceder? Dios no ha aceptado tu ofrenda. Este pobre mendigo vino dos minutos después de que te marcharas y se llevó el pan”.
Luego se volvió hacia el mendigo. “¡Dios nunca te envió pan! Fue este panadero quien colocaba el pan en el arca. ¿Dónde esta tu respeto por la santidad de este lugar sagrado y por el trabajo del Creador? ¿Cómo pudiste creer que el Todopoderoso pudiera realizar acciones tan simples cuando hay un universo tan grande que necesita atención?”.
El panadero y el mendigo se dieron cuenta de que probablemente habían sido muy ingenuos y abandonaron la casa de oración con un sentimiento de tristeza.
Aquella misma noche, el Arí llegó de la cuidad de Safed y llamó al líder. Él estaba entusiasmado de que un hombre tan santo hubiera venido de Jerusalén para visitarle.
“Pon en orden tus asuntos y despídete de tus seres queridos”, le ordenó el Arí. “Esta noche dejarás este mundo físico”.
De más está decir, que el hombre se quedó perplejo y le suplicó al Arí que le diera una explicación.
El Arí le explicó que su destino había sido morir en esa misma fecha hacía quince años. Sin embargo, la alegría que las acciones del panadero y el mendigo habían traído a los Mundos Superiores le había otorgado una extensión de vida. Los ángeles que moran allí arriba bailaban y cantaban por la felicidad y la fe que se habían despertado en el panadero y el mendigo. Había sido ciertamente un milagro que durante quince años no se hubieran cruzado en el camino, y sólo un corazón endurecido negaría la presencia de la mano de Dios en este asunto.

¿Quién conoce la naturaleza del milagro? ¿Quién ha visto y descifrado los caminos que elige Dios para manifestarse? ¿Quién puede juzgar e interferir sobre los demás?
¿Acaso la verdad es apagar la luz del espíritu? ¿O tal vez arrebatar la inocencia a los más simples?
Tanto daño podemos hacer con nuestras palabras, que se compara con matar al otro. Tanto daño podemos hacer con nuestra arrogancia y nuestro ego que podemos echar a la oscuridad a nuestros hermanos, y con ello condenar nuestras almas.
Pero del mismo modo que podemos dañar, con igual fuerza y verdad podemos sanar, y elevar nuestra vida y la de infinitos seres.
Si no somos capaces de entender que la grandeza del amor de Dios se esconde en las cosas más simples y pequeñas, nunca podremos elevarnos.
En las Sagradas Escrituras dice que debemos ser como niños .Ser inocentes, puros, con la capacidad de maravillarnos ante la grandeza de lo simple.
La Fe es una pequeña vela, pero su luz es como un faro. Sí, tan delicada que una brisa puede apagarla, y tan poderosa que puede quebrar la más oscura noche.
Todo es para bien, sin mendigo, nadie habría reconocido el milagro; del mismo modo, sin un corazón agradecido tampoco se habría dado el milagro.
Pero en definitiva, ¿el milagro cuál es? …

El milagro es la Fe.

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