Parashá Ajare Mot – Kedoshim
por Alberto GorbattEsta semana la Parashá comienza con la trágica muerte de los dos hijos de Aarón, Nadav y Avihu. La Torah dice que “un fuego los consumió”… Después de esperar durante meses la inauguración del Tabernáculo, ellos estaban tan ansiosos por acercarse a Dios que tomaron potes con incienso y precipitadamente entraron en el Kodesh HaKodashim. Sus intenciones eran buenas: acercarse, unirse, conectar. Pero hay límites apropiados. Nadav y Avihu cruzaron el límite… y sufrieron las consecuencias.
Esta semana el fuego vino del centro de la tierra para paralizar y conmover a una buena parte de la humanidad… un pequeño volcán entró en erupción, inmenso y minúsculo al mismo tiempo, colosal y a la vez insignificante, como un cuento de ciencia ficción, como las grandes epopeyas de la antigüedad o un cataclismo bíblico… se desencadenó el célebre efecto mariposa, y nos recordó los límites…
Bernard-Henry Levy escribió:
Se podrá polemizar si se quiere. Se podrá, en cuanto todo haya vuelto a la normalidad, discutir hasta el agotamiento y protestar por las exageraciones de las medidas de precaución y sobre la aversión al riesgo que se ha convertido en la regla de oro de nuestra sociedad y de nuestros tremebundos gobiernos.
¿Qué fue lo que pasó? Se despertó un volcán muy pequeño. Más pequeño que aquel que, en el año 79 de nuestra era, destruyó Pompeya. Más pequeño que el Laki, cuya erupción, producida en Islandia en 1783, lanzó sus cenizas alrededor del planeta. Minúsculo, casi irrisorio si se lo compara con el terrible Tambora, que entró en erupción en Indonesia a fines del siglo XIX; sus cenizas, antes de dispersarse, dieron varias vueltas en torno a la Tierra, y su potencia, casi 100 veces más grande que la suma de las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki, causó la muerte de casi 100.000 personas.
Pero he aquí que este volcán, aletargado durante 187 años, empieza a escupir lo que esconde en su vientre, y esa erupción de fuego, gas y rocas pulverizadas logra varar en tierra a miles de aviones, sembrar la confusión en toda la economía desarrollada, paralizar a algunos y escandalizar a otros. Y entonces, tal como ocurrió durante la gran crisis financiera con los flujos de capitales, ahora se vio afectado el flujo de comunicación y de circulación de las personas y de los productos: primero todo se hizo más lento, luego se interrumpió, como obstruido por un coágulo.
¿Quién es más fuerte?, pregunta el pequeño volcán. ¿Todos ustedes o mi nube de cenizas? ¿Quién es más astuto: mis cenizas furtivas, casi invisibles, cuyo curso lento y enloquecedor nadie se arriesga a predecir de hora en hora, o sus batallones de vulcanólogos y meteorólogos que no han visto ni previsto nada y que aún hoy, pese a toda su ciencia, sus técnicos, sus ultra-sofisticados dispositivos de prevención e intervención, tienen que contentarse con escrutar el cielo como los augures romanos observaban el azaroso vuelo de las aves?
¿Quién tendrá la última palabra: el hombre, que se autoproclama amo de la naturaleza y aspira a controlar hasta su último movimiento, y que incluso sueña, como el alquimista de Sade, con convertirse él mismo en un volcán y de apropiarse de ese vientre que vomita llamas? ¿O yo, el pequeño volcán, que con mis atómicas profundidades, mis deyecciones infernales, por no hablar de mis cenizas vagabundas y en suspensión pero capaces, si no les prestan atención, de engullir sus aviones como lo hizo el Etna con Empédocles, les recuerda que la naturaleza existe, que resiste, y que nadie tiene el poder de controlarla, ni de sujetarla, ni de transformarla en un desierto a fuerza de imponerle obstáculos o infligirle violencia?
¿Es ésta la conclusión a la que presumiblemente nos han llevado las certezas de nuestra tecno-ciencia, con tantos instrumentos maravillosos capaces de forjar, transformar y, en teoría, domesticar y apaciguar la realidad?
Silencio, dice el volcán. Silencio, ahora hablo yo. Que nadie se atreva a pronunciar una palabra: que sus máquinas voladoras desocupen el cielo, que cada uno de ustedes se quede en el lugar donde estaba cuando empezó mi erupción. Y de hecho nadie se mueve. Y de hecho el planeta contiene el aliento, esperando que el volcán se aquiete. Y todos sentimos un escalofrío que nos corre por la espalda ante la idea de una potencia que de repente supera nuestra voluntad y dicta sus propias leyes.
Y ésta es la lección del volcán. Bajo el volcán seguro que no encontraremos la playa, pero sí la indispensable paciencia ante las cosas. De su garganta ardiente el volcán lanza un mensaje de humildad y un llamado a la mesura. Bendito sea el volcán. Feliz el caos que ha desencadenado.
La semana pasada la Torah -la vida- nos cobijaba en el Orden, esta semana nos sumerge en el Caos. Orden y Caos, Yin y Yan, y como nos enseña la Kabalah: siempre el misterio colándose hasta el estupor en el delicado y frágil equilibrio de la vida… entonces seguimos caminando, sin amedrentarnos, hasta que de repente uno se encuentre a sí mismo en la calle, en un cuerpo, encarnado en luz, caminando, despierto, casi satisfecho.
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