Publicado el 9 de Agosto de 2010 en La Parashah de la Semana por Alberto Gorbatt

Parasha Reé (mira…)

Miren, hoy estoy poniendo delante de ustedes una bendición y una maldición… Dios nos dice que

podemos elegir entre el bien-decir y el mal-decir… y nos sugiere elegir por la vida.

Entramos en el último mes del año y nos preguntamos cómo prepararnos para estos Iamim Noraim…

y la respuesta como siempre está en la Torah. Porque este Shabat que comienza con la palabra

Ree -mira-, claramente nos pide que corramos los velos que nublan nuestra vista, que al mirarnos

reconozcamos aquellas creencias que nos anclan y que no nos dejan brillar. Porque solamente en

ese estado podremos comprender y trascender lo que vivimos este año que termina… solamente así

podremos vaciarnos para recuperar el asombro y comenzar un nuevo ciclo.

Como nos dice Baruj en su meditación: “Para que los velos que cubren nuestros sentidos se corran

dando paso a un instante sagrado y eterno de iluminación en nuestras almas, tal vez allí esté la

ORACIÓN MÁS PERFECTA”.

Entonces me acordé de John Berger y de su libro Mirar… Berger es un novelista y crítico inglés -

podríamos decir también un Kabalista- que como nosotros recibió en un momento de su vida una

visitación – tuvo que ser operado de cataratas… Berger se podría haber quedado en lo anecdótico o

en el dolor, sin embargo optó por trascender los miedos, por encontrarle un nuevo sentido a lo que le

estaba pasando, y escribió este artículo que llamó “La recuperación de la mirada”:

Catarata, del griego “kataraktes”, significa cascada grande de agua o compuerta, una

obstrucción que cae desde arriba.

La eliminación de las cataratas es comparable a la eliminación de una forma particular de

olvido. Los ojos comienzan a re-memorar los primeros momentos. Y en ese sentido, lo que

experimentan después de la intervención es una suerte de renacimiento visual que devuelve

a los ojos buena parte de su talento perdido. Talento que implica invariablemente tanto cierta

cantidad de esfuerzo y resistencia como también de gracia y beneficio.

Lo que cambia ahora es la luz que cae sobre el objeto y que éste refleja. La luz que hace

posible la vida y lo visible. La luz que existe como un continuo e interminable comienzo. La

oscuridad, en cambio, no es, como suele suponerse, una finalidad sino un preludio. Como

los peces viven y nadan en agua: nosotros vivimos y nos movemos a través de la luz. La luz

ubicua recién descubierta es serena y silenciosa; ruidosas son las sombras y la oscuridad. La

luz apoya su mano en mi espalda. No me doy vuelta porque desde hace mucho, mucho tiempo,

reconozco su tacto. Es lo que primero vimos y nunca nombramos.

Ahora soy mucho más consciente de la escala comparativa: lo pequeño se vuelve más

pequeño, lo grande más grande, lo inmenso más inmenso. Y lo mismo sucede, no sólo con

las cosas, sino con los espacios. Lo pequeño se vuelve más íntimo, lo grande más amplio. Y

es porque los detalles reasumen una significación olvidada. Regresó, maravillosamente, la

heterogeneidad ordinaria de lo existente. Y los dos ojos, eliminadas las compuertas, una y otra

vez, registran sorpresa.

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