Parasha Reé (mira…)
Miren, hoy estoy poniendo delante de ustedes una bendición y una maldición… Dios nos dice que
podemos elegir entre el bien-decir y el mal-decir… y nos sugiere elegir por la vida.
Entramos en el último mes del año y nos preguntamos cómo prepararnos para estos Iamim Noraim…
y la respuesta como siempre está en la Torah. Porque este Shabat que comienza con la palabra
Ree -mira-, claramente nos pide que corramos los velos que nublan nuestra vista, que al mirarnos
reconozcamos aquellas creencias que nos anclan y que no nos dejan brillar. Porque solamente en
ese estado podremos comprender y trascender lo que vivimos este año que termina… solamente así
podremos vaciarnos para recuperar el asombro y comenzar un nuevo ciclo.
Como nos dice Baruj en su meditación: “Para que los velos que cubren nuestros sentidos se corran
dando paso a un instante sagrado y eterno de iluminación en nuestras almas, tal vez allí esté la
ORACIÓN MÁS PERFECTA”.
Entonces me acordé de John Berger y de su libro Mirar… Berger es un novelista y crítico inglés -
podríamos decir también un Kabalista- que como nosotros recibió en un momento de su vida una
visitación – tuvo que ser operado de cataratas… Berger se podría haber quedado en lo anecdótico o
en el dolor, sin embargo optó por trascender los miedos, por encontrarle un nuevo sentido a lo que le
estaba pasando, y escribió este artículo que llamó “La recuperación de la mirada”:
Catarata, del griego “kataraktes”, significa cascada grande de agua o compuerta, una
obstrucción que cae desde arriba.
La eliminación de las cataratas es comparable a la eliminación de una forma particular de
olvido. Los ojos comienzan a re-memorar los primeros momentos. Y en ese sentido, lo que
experimentan después de la intervención es una suerte de renacimiento visual que devuelve
a los ojos buena parte de su talento perdido. Talento que implica invariablemente tanto cierta
cantidad de esfuerzo y resistencia como también de gracia y beneficio.
Lo que cambia ahora es la luz que cae sobre el objeto y que éste refleja. La luz que hace
posible la vida y lo visible. La luz que existe como un continuo e interminable comienzo. La
oscuridad, en cambio, no es, como suele suponerse, una finalidad sino un preludio. Como
los peces viven y nadan en agua: nosotros vivimos y nos movemos a través de la luz. La luz
ubicua recién descubierta es serena y silenciosa; ruidosas son las sombras y la oscuridad. La
luz apoya su mano en mi espalda. No me doy vuelta porque desde hace mucho, mucho tiempo,
reconozco su tacto. Es lo que primero vimos y nunca nombramos.
Ahora soy mucho más consciente de la escala comparativa: lo pequeño se vuelve más
pequeño, lo grande más grande, lo inmenso más inmenso. Y lo mismo sucede, no sólo con
las cosas, sino con los espacios. Lo pequeño se vuelve más íntimo, lo grande más amplio. Y
es porque los detalles reasumen una significación olvidada. Regresó, maravillosamente, la
heterogeneidad ordinaria de lo existente. Y los dos ojos, eliminadas las compuertas, una y otra
vez, registran sorpresa.
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